jueves, 5 de enero de 2017

Fe


(Imagen tomada de Internet)

         —¿Quién se ha comido al niño Jesús! —preguntó la madre con cara desencajada.
         Su voz retumbó en las paredes de chapa. El silencio se mostró herrumbroso. El padre miró al hijo que le devolvió una mirada hambrienta. La pequeña agachó la cabeza al percibir que los tres volvían el rostro hacia ella, quiso ocultar sus ojos delatores bajo la mesa de formica pero no llegó a tiempo. Una rata se rascó los bigotes en el rincón.
         —¡Oh, Dios! —gritó la madre y se santiguó—. ¡Ahora nos privará de todo!
        El hijo imaginó la habitación sin las dos camas, sin la mesa y las cuatro sillas, sin la cocinilla en el rincón ni el belén sobre la vieja maleta. Vio barro.
        —Doña Margarita ha dicho que mañana es Navidad y que nacería otra vez el Niño Dios —dijo la niña con voz lluviosa—. Por eso pensé que... —y arrancó a llorar.
           —¡A la cama sin cenar! —dictaminó la madre.
           El niño tosió para espantar el frío.
           El padre cogió los tres camellos, dio uno a la madre, otro al hijo y se quedó con el de Baltasar, que le faltaba la cabeza. Todos salivaron y chuparon las figuritas de mazapán del año pasado.
          —La mula y el buey son para comer mañana, así que ya lo sabéis —advirtió la madre—. Y para Nochevieja Dios proveerá.

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Relato con el que participo en el concurso de #cuentosdeNavidad de ZENDALIBROS.COM 




domingo, 11 de diciembre de 2016

El túnel, ganador semanal en Wonderland

(Tomada de Internet)

            En una cárcel norteamericana, como tortura psicológica, el alcaide ha clausurado la biblioteca y todos los lunes entrega a cada recluso una hoja de una novela rosa, salteadas y sin la numeración. Durante las horas de paseo, en los comedores e incluso mediante susurros nocturnos entre celdas, los presos dialogan, se cruzan información, indagan el tiempo cronológico, la aparición de los personajes, los escenarios comunes y secuencian los conflictos. En los recuentos se colocan en el orden de la trama que van desentrañando.
            Lo que desconoce el alcaide es que todos los finales que construyen les llevan a la libertad.

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Este microrrelato ha resultado ganador semanal el 10/12/2016 de concurso del programa Wonderland de Ràdio 4 de Radio Nacional de España.
Pincha AQUÍ si quieres oírme leyendo el micro y escuchar los comentarios del jurado.
Si quieres leer los finalistas AQUÍ.

Al final resultó ser también el relato ganador del primer trimestre de la 7º temporada (24/12/2016).
Pincha AQUÍ si quieres escuchar el relato y la entrevista que me hacen, así como leer los relatos premiados con accésits.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Un cocido de muerte

(La abuela, Albert Anker)


La mañana que vino en busca de la anciana campesina la encontró en la cocina poniendo un puchero con los garbanzos. Te esperaba desde hace días —le comentó— pero ahora debes sentarte hasta que avíe a los animales, me hallas en mal momento, Lucero está para parir. Le puso un pedazo de queso, una hogaza y una jarra con miel y se fue al aprisco. Tras echar el forraje a las cabras —doble medida por si tardaban en descubrirla— asistió a la parturienta —esto le llevó bastante tiempo, pero ¿cómo iba a dejar sola a la criatura?—, colmó las latas de sardinas con comida para los perros y desgranó una mazorca para las gallinas. Al entrar en la cocina secándose las manos en el mandil la encontró adormilada, con la cabeza apoyada en el mango de la dalla. Ya estoy preparada —anunció—, ¿nos vamos ya o disponemos de tiempo para comernos el cocido? La vieja hilandera miró la olla y respondió que no corría prisa. ¡Ah! —dijo la anciana—, entonces voy a dar una vuelta a los quesos, y se fue hacia la quesera. Cuando regresó, la parca no estaba y se había llevado el puchero.

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Este microrrelato ha sido seleccionado en el concurso Esta noche te cuento para ser incluido en el libro anual. El tema de la convocatoria era la mujer rural.
AQUÍ podéis leer el relato en la página de los organizadores, y en este ENLACE la relación de seleccionados y mencionados.

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La periodista, escritora y locutora Mar González (Puck) ha puesto voz a los relatos seleccionados. A partir de 6'20 se escucha el mío. Pinchad AQUÍ


sábado, 1 de octubre de 2016

Los Montes de Toledo se ven y se oyen desde La Palma


Juego del escondite leído por Ana Vidal en su sección En pocas palabras, del programa Soles en el Ocaso, de Onda Cero La Palma, presentado por Miguel Ángel Pérez Calero.


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¡MUCHAS GRACIAS!

martes, 27 de septiembre de 2016

Los Montes de Toledo se ven desde Sevilla hasta Murcia




Desde Sevilla, Libros Albur ha publicado “Pasión micrófila”, una edición digital de microrrelatos publicados en la revista “Microfilias” y seleccionados por la escritora Patricia Nasello. Entre ellos han incluido “La guerra ideal”, un micro dedicado a mi hijo David.


(Pinchad en la imagen y podréis leer la revista)

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Desde Murcia, Torcuato González, antólogo y escritor —según él tan solo aficionado— ha colgado en las cuerdas de su blog El Microrrelatista el micro “Ciclo de lavado”.

(Pinchad en la imagen y podréis leer el micro y pasear por su casa)

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¡Muchas gracias!

martes, 13 de septiembre de 2016

10/ Benicia, Justino y los filósofos

(Vincent van Gogh, viejo leyendo)

Benicia y Justino están sentados a la mesa camilla sobre la que hay una botella de vino tinto, un vaso y trozos de pan. Él lee un viejo Selecciones del Reader's Digest cosido con hilo de bramante en el lomo. Ella se sienta de lado con un cubo de aluminio entre las piernas, está picando una sandía.
—Mira, dice un filósofo, un tal Heráclito, que un hombre no se baña dos veces en el mismo río —comenta Justino, y alza la vista a la jofaina que se ve en la alcoba.         
—Pues las mujeres, cuando éramos jóvenes, nos lavábamos en la garganta una vez al año, por la Virgen de agosto, aunque no nos hiciera falta —responde Benicia, y se le viene a la mente las risas mojadas en la charca.
—¡No, mujer!, se refiere a que como el agua corre, cuando vuelves a entrar ya no es la misma y por lo tanto el río es otro —aclara Justino, luego toma el vaso y echa un trago.
—Nosotras sí que éramos otras, que los años no pasan en balde —dice Benicia, y se agacha con el cuchillo en punta para atrapar un trozo de sandía que ha caído fuera del cubo.
Justino se queda meditando la respuesta de Benicia, entra en duda y la imagina vestida con una túnica blanca, sentada en las escaleras de un templo y rodeada de jóvenes.
—¿Quiénes son los filósofos? —pregunta Benicia.
—Aquellos que reflexionan sobre los asuntos de la vida —responde Justino, y deja la revista zurcida sobre la mesa.
—¡Ah! ¡Como las amas de casa! —exclama Benicia, y empieza a migar los mendrugos— ¿Y tú en qué pensabas mientras segabas?
—En el tiempo, observaba el cielo, las nubes; calculaba cuántas fanegas sacaríamos; en que debía limpiar el granero; en si el muchacho llegaría para la trilla y en qué sé yo qué otros menesteres.
—Entonces tú también eras pensador, pero no comprabas la comida en los comercios. ¡Anda!, deja de beber y acerca esto a tus amigos —dice Benicia. Luego, se sacude las migajas del mandil.
Justino se levanta, toma el cubo, con paso quedo se acerca al corral trasero, abre la puerta de la cochiquera y dos hermosos cerdos lo miran con ojos de sabiduría.
—¡Aristo!, ¡Sócrates!, aquí os traigo la manduca que os ha preparado Benicia de Alejandría.


domingo, 21 de agosto de 2016

El mito de la jabalina de Astylos


            En el museo de Olimpia se muestra una jabalina del siglo IV que se encontró clavada en la arena del Panatenaico horas antes de la inauguración de la I Olimpiada Moderna. Debajo, un friso romano representa a un atleta que lanza una jabalina, un templo ardiendo y la inscripción «Astylos de Heraclea». Cuenta el filósofo Plutarco de Atenas (†432) que se trata del último niño que subió al olivo sagrado y con el cuchillo de oro cortó las ramas con las que se glorificaba a los vencedores. Meses más tarde, Astylos entrenaba en el gimnasio decidido a ser el ganador del pentatlón. Con el cuerpo tenso, la jabalina en la mano y la mente concentrada en un lugar lejano, inició la carrera, tomó velocidad y la lanzó con una fuerza sobrehumana. No la vio caer, lo cegó el dolor que le produjo la espada del pretoriano del cristiano emperador. Recuperada la consciencia todo era destrucción y holocausto. Se arrastró hasta el altar y quiso ofrecer su muerte a Zeus que, conmovido, le concedió la inmortalidad por haber lanzado la vara de fresno más allá del falso nuevo dios. A la jabalina le ordenó errar por el firmamento como estrella fugaz.

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Con este microrrelato participo en el concurso Esta noche te cuento  con motivo de las Olimpiadas.
AQUÍ podéis leer el relato en la página de los organizadores.