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viernes, 11 de mayo de 2018

La canica


          El célebre escritor Jonathan Jiménez Montoya revela que el origen de todos sus cuentos surge de una casualidad. Se le presentó mientras recogía comida y objetos de valor indigente entre los residuos del vertedero de Valdemingómez. Allí, como un diminuto «Aleph» de color amarillo, entre compresas y mondas de naranjas, encontró una canica con las ideas que le han llevado a ser uno de los escritores más comerciales de las escombreras de la literatura. Dice que, dentro de dicho objeto, ve parejas enamoradas, ve noches con pátina láctea, ve amaneceres añiles, ve navajas introducirse en cuerpos desnudos, ve manantiales de sangre derramada, ve campanas que lloran a muerto…, y ve a Beatriz alejándose de la mano con un payo.

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 Este microrrelato ha resultado ganador en el Concurso de Lamicrobiblioteca correspondiente al mes de marzo de 2018

lunes, 15 de junio de 2015

Juego del escondite

(Foto de Valentín Vega)


            Fue un chaval sigiloso y atrevido, siempre salvaba a los compañeros en los juegos infantiles. Era al que se le ocurrían las mejores travesuras, como la de colocar el cubo de agua con polvo de tiza encima de la puerta a la espera de que entrara el maestro; el más audaz con las chicas, el único que consiguió un beso de Milagritos, la inaccesible hija del alcalde; solidario con los amigos, compartía el bocadillo de la merienda; generoso, te perdonaba los cromos y las canicas. Y fuerte, fuerte como un formón de arado, él solo sujetó la puerta de la cuadra mientras que nosotros huíamos por la gatera del pajar. Aguantó toda la tortura en el cuartelillo y aun sin uñas no nos delató. «Por mí y por todos mis compañeros», dicen que gritó antes de que sonara la descarga.

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domingo, 26 de octubre de 2014

sábado, 15 de febrero de 2014

Agentes del orden

Ilustración de Alex Dukal

            Oí sonidos suaves que procedían del salón, me asusté y desperté a mi marido. Juan cogió el calzador dispuesto a defender nuestro hogar y nuestras vidas. Allí abajo estaba el policía, con un plumero en la mano derecha y colocando los cacharos con la izquierda, la linterna en la boca. Llamé al servicio de alerta. Cuando oyó el ruido de cadenas saltó por la ventana, pero aún así le dio tiempo a sacudir el polvo del ficus. Al instante hizo presencia un grupo de ladrones con modernos medios de desorden, desbarataron los cajones, repartieron los platos sucios por los muebles, borraron las pistas impolutas e incluso hubo algún buen ladrón que sacó los restos de tortilla del cubo de la basura y los puso encima del televisor. Uno, posiblemente el más cobarde, saltó por la ventana persiguiendo al agente. Después de dejar la casa patas arriba, el capo nos dijo que parecía que no sobraba ningún objeto, que le detendrían pero que no serviría de nada, a las veinticuatro horas estaría volviendo a poner orden en las casas. Esa mañana, Juan y yo llegamos temprano al trabajo y con el temor de que cualquier día los policías puedan entrar en casa y recoger el cuarto de los niños.

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Este microrrelato ha quedado finalista en el Concurso de Lamicrobiblioteca correspondiente al mes de enero, junto con otros amigos. Pinchad en la imagen si queréis leerlos.