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jueves, 31 de mayo de 2018

La pasión por escribir


«La pasión por escribir», un libro colectivo y solidario que ha coordinado y editado Francisco Rodríguez Tejedor con 38 escritores y poetas comprometidos con la infancia. Relatos, poemas, reflexiones, microrrelatos y pequeña reseña de cada autor. Yo colaboro con seis microrrelatos.
los derechos de autor han sido donados a Unicef y la Fundación Tomillo.
Book trailer colgado en you tube: AQUÍ
Puesto a vuestra disposición en Amazón (formato digital y versión impresa).
Anímate y colabora tú también, compra un ejemplar: Aquí: Amazón La pasión por escribir


jueves, 5 de enero de 2017

Fe


(Imagen tomada de Internet)

         —¿Quién se ha comido al niño Jesús! —preguntó la madre con cara desencajada.
         Su voz retumbó en las paredes de chapa. El silencio se mostró herrumbroso. El padre miró al hijo que le devolvió una mirada hambrienta. La pequeña agachó la cabeza al percibir que los tres volvían el rostro hacia ella, quiso ocultar sus ojos delatores bajo la mesa de formica pero no llegó a tiempo. Una rata se rascó los bigotes en el rincón.
         —¡Oh, Dios! —gritó la madre y se santiguó—. ¡Ahora nos privará de todo!
        El hijo imaginó la habitación sin las dos camas, sin la mesa y las cuatro sillas, sin la cocinilla en el rincón ni el belén sobre la vieja maleta. Vio barro.
        —Doña Margarita ha dicho que mañana es Navidad y que nacería otra vez el Niño Dios —dijo la niña con voz lluviosa—. Por eso pensé que... —y arrancó a llorar.
           —¡A la cama sin cenar! —dictaminó la madre.
           El niño tosió para espantar el frío.
           El padre cogió los tres camellos, dio uno a la madre, otro al hijo y se quedó con el de Baltasar, que le faltaba la cabeza. Todos salivaron y chuparon las figuritas de mazapán del año pasado.
          —La mula y el buey son para comer mañana, así que ya lo sabéis —advirtió la madre—. Y para Nochevieja Dios proveerá.

***
Relato con el que participo en el concurso de #cuentosdeNavidad de ZENDALIBROS.COM 




jueves, 26 de febrero de 2015

La cadena en «La taberna del Callao»

(Ilustración de La Tía Gertrudis para el relato)

El relato «La cadena» que me publicó «Cuentos para el andén» en el Nº 9, ilustrado por La Tía Gertrudis, ahora en audio gracias a Javier Merchante y su equipo de actores de «La taberna del Callao».
Pincha en la imagen si lo puedes escuchar, y AQUÍ si quieres leerlo al mismo tiempo





* * *

Por otro lado, «Un cuento al día» me ha publicado este mes dos microrrelatos:


jueves, 21 de agosto de 2014

La pluma (wieczne pióro)

(A mi padre y mi hija)

            Cuando regresé del viaje de novios tenía trabajo pendiente, mi editor estaba de los nervios, con la boda había retrasado la entrega del último cuento necesario para publicar el tercer libro de relatos. Sara también debía finalizar unos diseños. Decidí irme a la casa del pueblo. No era extraño escaparme a mediados de semana y, en aquel ambiente de mi niñez, tirar de las alforjas de la memoria para crear cuentos o columnas.
            Estaba avanzado el otoño, amenazaba tormenta, por eso preferí escribir en el despacho que había sido de mi padre, rodeado de libros y objetos de mis antepasados. Hasta la gran emigración de los años sesenta fue la casa del maestro. Luego siguió siéndolo, pero ya era un pueblo sin maestro ni escuela ni niños.
            El despacho era —y es— amplio, con una gran estantería llena de libros en una pared. En otra: cuadros, fotografías, títulos que ascendían la colina de la familia hasta el siglo XVIII y que se calentaban junto a la chimenea. Al fondo, delante de una gran cristalera abierta al patio, la mesa de madera en la cual mi padre escribía sus versos y novelas. En ella colocaba yo el ordenador y tecleaba mis historias que eran verdaderas aunque no hubieran ocurrido.
            Recuperé el documento donde había iniciado el relato sobre un escritor —yo—, al cual le acaban de comunicar que iba a ser padre primerizo de una niña —más yo—, y empieza a imaginarse un futuro para esa hija: cómo le instruiría en la labranza de lo literario, el sembrado de las palabras, el riego de la poesía y al final le pasaría las cosechas de autor bajo la promesa de cuidarle en su último capítulo. No voy a desvelar más para no nublar la posible lectura.
            Aquí, en los montes, son frecuentes las tormentas. No nos asustan pero las respetamos, pues sabemos casos de incendios, muertos por la chispa, árboles y rocas partidas. A media tarde, cuando los primeros truenos empezaron a sonar, salvé el documento y apagué el ordenador. Decidí seguir escribiendo en folios de impresora que ya transcribiría después. Continué el relato con el bolígrafo que siempre llevo junto a la libreta de notas, pero al poco se agotó la tinta. Enredando en los cajones encontré la pluma estilográfica negra que le habíamos regalado a mi padre cuando se jubiló. Estaba seca, pero hallé cartuchos llenos. Fue trazar las primeras líneas y recordarle, sentirme él. Las frases que me salían parecían sacadas de su prosa, de sus versos. Lo recuerdo porque escribir sobre asuntos del pueblo me cuesta trabajo. Pero con la pluma de mi padre aquello era más fácil. Quizás fueran sentimientos que se le quedaron en el tintero, o el cálamo, como lo llamaba él. Estando en estas transmutaciones literarias el cielo se encendió y un trueno hizo quejarse a todas las maderas. Dejé la estilográfica en el escritorio y salí a la puerta de la calle a ver la tormenta: llovía intensamente y los cantos rodados del suelo de la calzada, cubiertos por una gasa de agua, lucían multicolores. De pronto otro rayo partió el cielo y fue sujetado por la torre del ayuntamiento. El estruendo ensordeció mis oídos, me congeló el corazón. Cerré la puerta y volví adentro.
            Cuando entré en el despacho mi padre estaba sentado en el escritorio mirando su manuscrito, con la pluma en la mano. Se volvió y me dijo:
            —¡Ah!, eres tú, menuda la que está cayendo —Y, ajustándose las lentes, prosiguió.
            No me resultó extraño encontrarle tratando de escribir en los folios, sabía que en algún momento iba a ocurrir. Justo antes de morir —hacía una década—, me pidió que le terminara de pasar a limpio las cuartillas donde narraba la numantina defensa de su vida, la de sus padres y hermanas, en su casa —esta—, siendo un joven de apenas dieciséis años, cercados durante cincuenta y cinco días por turbas asesinas. No pude.
            —Lo intenté, papá —le dije, justificándome.
            —Lo sé —me respondió—, pero no descansaré hasta...
            Me tendió la pluma. La cogí. Se levantó y, acercándose a la chimenea apagada, dijo que hacía frío.
            Me senté, leí sus últimas frases, aquellas palabras que me paralizaban cada vez que quise proseguirlas: «A media noche oí unos pasos en la escalera que retumbaban como si fueran las botas de alguna persona. Oí el “miau” del gato y eso me tranquilizó,».
            La última frase estaba escrita de tal modo que parecía que a la pluma se le extinguiera la tinta: un trazo de cordel transformándose en hilo y terminando en una coma deshilachada. Así fue. Se le iba la tinta de la vida, murió un día después. Tras esa coma estaban su sufrimiento y mi existencia, esa fue la causa por la cual nunca pude acabarlo.
            El patio se iluminó con otro estruendo. Sentí frío. Me volví para decirle que aún no estaba preparado.
            —¡Ah!, hija, eres tú, menuda la que está cayendo —dije, tras lo cual me ajusté las gafas y continué intentando transcribir la frase siguiente a aquella coma paralizante.

            —Papá, déjame que prosiga yo... —me dijo, cogiéndome la pluma de su abuelo con la mano—. Así podéis descansar en paz los dos.

* * *


Relato incluido en el nº 27 de la revista «¿Español? Sí, gracias», publicada en Polonia por la Editorial Colorful Media para aprender español de los Montes de Toledo. Va acompañado de un amplio vocabulario en polaco.

Pinchad en las fotos para ver el original y aprender algo de polaco.


martes, 8 de abril de 2014

Abrazos (Objęcie, Uścisk)



(A Cristina y Helena)

            —Pero ¿qué está pasando aquí? —pensé cuando el líquido en el que vivía desde hacía unos meses se escapaba.
            Hasta la fecha me las había apañado muy bien solito en mi mundo: aparte de dormir, comer y dar alguna que otra patada, no tenía mucho que hacer, salvo chuparme el dedo.
            Me pasaba todo el día con mi mamá, allí donde fuera, yo la acompañaba. De mi papá poco podía decir, solo que al llegar del trabajo me solía despertar del sueño nocturno.
            Cuando me quedé sin líquido en el que moverme experimenté una sensación extraña, pero enseguida, al percibir aún más la cercanía de mi madre, me sentí seguro. Este estado duró poco tiempo, pues pronto empecé a notar que me presionaban. Yo estaba boca abajo y no podía moverme. Bueno, la verdad es que últimamente disponía de poco espacio para desplazarme, pero como con todo, uno termina habituándose. Mi mamá no paraba de trajinar por todos lados hasta que la fuerza empezó a ser periódica. Esto no me había pasado nunca.
            Al poco vino mi padre, cosa extraña que volviera del trabajo tan temprano, y salvo cada diez minutos que mi madre se sentaba, no dejábamos de movernos de un lado para otro. Sin embargo, justo al pararse era cuando a mí me empujaban con mayor intensidad, y mamá empezaba a respirar de una forma a la que no me tenía acostumbrado, produciendo un sonido que nunca había oído.
            En el momento en que la presión que sentía en la espalda y por todos lados se hizo muy intensa, a mi padre le dio por darnos un paseo en coche, y además dando muchos frenazos y haciendo sonar la bocina constantemente.
            Al rato parece que todo se relajó un poco, y noté cómo mi madre se acostaba, pero también empecé a preocuparme porque la oía dar voces. Yo sentía cómo mi cráneo empujaba hacia un pequeño agujero que poco a poco se iba agrandando. Me empezó a doler mucho la cabeza y el oír gritar a mi mamá no me ayudaba nada. El sufrimiento fue en aumento, más intenso y fuerte. Gritos de mi madre. Tortura. Daño. Tormento. El corazón me latía muy deprisa y el de mi mamá también, aquel maldito hueco era muy estrecho y otra vez. Gritos. Dolor. Suplicio. Y así hasta un último empujón que hizo que mi cabeza saliera del vientre de mi madre.
            —Vamos, un esfuerzo más, que ya ha pasado lo peor —oí decir a una voz desconocida.
            Cuando por fin todo mi cuerpo pasó por aquella puerta, mis dolores desaparecieron y mi mamá dejó de gritar. Abrí un poco los ojos y, con los pies arriba y la cabeza abajo, vi por primera vez a una mujer que me tenía sujeto por los tobillos, momento que aprovechó para darme una azotaina. El aire entró por la nariz y salió con rapidez por mi boca un sonido extraño, pero que pareció alegrar a la comadrona, pues me dio la vuelta y con las manos enguantadas me abrazó protocolariamente, como se abraza a cualquier extraño al que ayudas y luego te da las gracias, era mi deber, mi trabajo, no te preocupes, una palmadita en la espalda y a otra cosa. Supongo que la buena señora estaba acostumbrada a recibir nuevos personajillos en este mundo y tendría ganas de irse a fumar un cigarro, de modo que este abrazo, el inaugural de mi vida, fue un poco de compromiso, algo así como: «Bienvenido, chaval, que me has fastidiado la final de Gran Hermano». La verdad es que lo recuerdo con mucha ilusión, y dado que aquella mujer fue el primer humano que vi, la constituí en mi patrón de belleza.
            Del segundo abrazo que recibí me acuerdo de todo: el cariño, la ternura, el contacto de mi piel sobre la suya, los labios sobre mi cara, unas manos que me abarcaban todo, y las palabras que lo acompañaban. Mi manita agarrando su inmenso dedo índice mientras que con el pulgar me contaba los deditos, luego con la otra, y los besos en la frente y en los ojos, el susurro, el mi cielo, mi amor, qué guapo es, a quién se parece. Sobre todo recuerdo el halo de amor que mi mamá emanaba y me abrazaba por todo el cuerpo, que nunca en mi vida olvidé ni dejé de sentir. Si la comadrona era la unidad de belleza, la de mi madre era el infinito, y eso que acababa de sufrir mucho, que cuando días después la vi sin dolor, fue el infinito y más allá. Lo mismo me pasó con el abrazo, ningún otro llegará a alcanzar el clímax de amor que el que me dio mi mamá aquel primer día.
            De pronto me apartaron del paraíso y en volandas me depositaron en los brazos de un hombre joven que, por la lágrima que le salía a modo de estigma, deduje que era mi padre. A pesar de tener los brazos musculosos y las manos fuertes, su abrazo era flácido, sin sustancia, dejándome caer la cabeza hacia atrás de forma que apenas me permitía verle. Queriendo pero no sabiendo cómo ni dónde tocarme y besarme, me dio un tímido beso en la frente y, mudo, sin saber qué decir ni hacer conmigo, mirando a los demás, me entregó en los brazos de mi abuela. Y pues eso, que papá debería mejorar mucho para acumular unidades de belleza, y realizar muchas prácticas para aprender a abrazar, pero de eso ya me encargaría yo, a partir de la primera noche en vela.
            Y el abrazo con el que me recibió mi abuelita…, pero eso es otra historia.

* * *




Relato incluido en el nº 26 de la revista «¿Español? Sí, gracias», publicada en Polonia por la Editorial Colorful Media para aprender español de los Montes de Toledo. Va acompañado de un amplio vocabulario en polaco.

Pinchad en las fotos para ver el original y aprender algo de polaco.



miércoles, 26 de marzo de 2014

La cadena, desde Alemania



Los Montes de Toledo se ven desde Alemania.

¿Sabías que Cuentos para el andén se utiliza en un colegio en Hamburgo como material de apoyo para las clases de español?

Los alumnos han elaborado unos collages basados en tres relatos. Se trata de
               Peter Pan, de Fernando Iwasaki, del nº 8.
               Ecosistema, de José Mª Merino, del nº 13
               La cadena, de Javier Ximens, del nº9.

Muchas gracias a los profesores de Johann Rist Gymnasium, y a sus alumnos.


Si quieres leer el relato La cadena, pincha AQUÍ.

Para ver los tres collages: AQUÍ

Para leer y descargar Cuentos para el andén: AQUÍ

lunes, 27 de enero de 2014

Don Florentino y la escuela

Florentino Jiménez Gómez (Parrillas, Toledo, 14 de marzo de 1916 - Talavera de Reina, Toledo, 8 de Septiembre de 1999)


            Sus zapatos negros, gruesos para evitar la entrada del agua, rara vez vieron el lustre, salvo recién comprados, o cuando asistió a alguna boda o entierro de un amigo. Le permitían tener los pies en la tierra, evitando navegar por las nubes y que el agua de la calzada le entrara a humedecer su vida. Eran arrastrados por dos arqueadas piernas, escondidas bajo sus viejos pantalones de pana negra, consumidos pero limpios, que sostenían su cuerpo rechoncho y fuerte. El torso era amplio para poder abarcar la inmensidad de su corazón y estaba oculto por una camisa que en sus orígenes fue verde, pero que con el paso por la tabla de lavar había ido perdiendo su textura y ya era casi blanca. Su cuello, grueso y corto, salía de la camisa como un roble majestuoso, desgastando la tela hasta deshilarla. Su corbata, verde oscuro, no conoció nada más que un nudo, el que le hizo su amigo Blas para la boda. Su rostro era panel de bondad, alegre, con algo de mentón y una boca con labios finos y dos filas de jalbegados dientes, que tantas satisfacciones le dieron en el buen comer. Encuadrada por los dos hermosos paréntesis de su frecuente sonrisa, por ella manaba la sabiduría con sonido claro y potente. Los ojos pequeños y color miel, vivos y alegres, estaban separados por una nariz un poco ancha y terminada en una pequeña pelota, que si hubiera sido un poco más grande hubiera justificado su buen humor y socarronería. Sus cejas abarcaban justo el arco de los ojos, y eran los últimos pelos que se podían encontrar hasta llegar a la nuca. La cara atezada, con centelleantes puntos de plata, no mostraba muchas arrugas, pero en medio de su carrillo izquierdo tenía la marca redonda de cuando le quemaron el carbunco, a modo de medalla por sus cristianos sentimientos. Su pelo era tomillo albar y se peinaba con una raya en medio, tan ancha que solo dejaba espacio para unas matillas encima de las orejas. Su gorra de pana, verde y con visera, además de evitarle coger frío, le retenía los sueños.
            Con su paso vacilante se dirigía todas las mañanas a las ocho a encender la estufa, Tizona por nombre, de acero negro fundido en Vizcaya, según rezaba en una placa, y con una mella junto al picaporte, para que cuando llegaran los chiquillos la escuela estuviera templada. Después de abrir la puerta de la sabiduría, con la llave hueca que tantos orzuelos había sanado, el viejo olor de los jóvenes cuerpos le recibía como incienso purificador. En la percha de nogal con cuatro brazos y tres patas, una de ellas rota y apoyada en una piedra de granito, dejaba su abrigo y la gorra, pero la bufanda negra le acompañaría toda la mañana, y la chaqueta de pana siempre. Tras prender la estufa y calentarse las manos fuertes y firmes, subiría a su estrado crujiente, situado en medio de la sala, y de un cajón sacaría dos libros —uno de historia, con un romano blandiendo una espada y otro de caligrafía, también con otro guerrero dibujado pero sobre una cuadriga— y un cuaderno de pastas duras con la contabilidad, todos ellos situados bajo Sonetos del amor oscuro.
            «17 de enero de 1942, una carga de leña, setenta y tres céntimos», anotaría en el libro de cuentas. Posteriormente hojearía los gastados libros de texto por las lecciones previstas para esa mañana, más por costumbre que por necesidad, pues hacía años que estaban grabados en su memoria.      
            Aquel día, en la pizarra de los mayores, situada en el ala izquierda de la sala, escribiría con letra gótica el origen de la reconquista española, dibujando un Don Pelayo en lo alto de una roca con una espada en una mano y una cruz en la otra. Después, y haciendo un alto en la estufa, embellecería el encerado de los pequeños, situado en la otra ala, con un hermoso conejo royendo una zanahoria y unas letras grandes y redondas con la frase a copiar: «El conejo come comida».
            A las ocho horas y cincuenta minutos saldría a la puerta de la escuela, situada en las afueras del pueblo, lejos de las cochiqueras, gallineros y cuadras, pero no lo suficiente de la intransigencia. El edificio había sido construido con piedras berroqueñas, cercado por un muro sin rejas, y estaba a tres peldaños de altura de la calzada. Dos pequeñas torres hacían guardia a la entrada, con sendas esferas, a modo de peones de ajedrez, y un verraco de granito paciendo eternamente. Los niños con ropas maltrechas, sietes remendados, con albarcas o sin ellas, con legañas o sin ellas, iban haciendo aparición entre la tenue niebla, camino del despertar.

            Aquella mañana Don Florentino los recibía sin saber que sería su última clase.

* * *


Relato incluido en la revista «¿Español? Sí, gracias», publicada en Polonia por la Editorial Colorful Media para aprender español. Va acompañado de un amplio vocabulario en polaco.
Aunque es un relato de ficción, la descripción del personaje es un retrato de mi padre, maestro nacional.
Pinchad en la foto para ver el original y aprender algo de polaco.

jueves, 24 de octubre de 2013

La cita

(Tomada de Internet)

            «¡Que no me llamo Pilar, abuelo, que soy Ana, su nieta!», le decía. «Eso es lo que tú te crees, que eres su nieta. ¡Esos lunares, Pilar, esos lunares!» Sé que no se confundía, pero fue feliz viéndome como la abuela.
            Me crié en la creencia de que mi abuelo había muerto en la guerra. Todos los años, por San Juan, la abuela Pilar cambiaba el hábito de penitente por una falda estampada y una blusa blanca, metía dentro de su vieja maleta de cartón piedra una hogaza, unos embutidos y una manta y, sin decir nada, se iba de vacaciones al pueblo. Esos días el silencio flotaba en casa, mi madre aprovechaba para limpiar la plata y mi padre para pegar palillos en el interminable galeón. Al regresar, tres días más tarde, se vestía su hábito y todo volvía a la normalidad.
            Aunque mi familia era de Belchite, al estallar la guerra vivían en Madrid. Luego, mi abuela y mi madre se vinieron a Zaragoza. Al hacerme mayor descubrí que las guerras también matan paisajes y pueblos, por eso pensé que la abuela iba a visitar a sus primos hermanos a Belchite nuevo.
            Al finalizar mis estudios me independicé. Un tarde de junio de 1973, la abuela, que ya andaba pachucha, se presentó en mi casa y me contó lo de sus escapadas al pueblo. Los tres años siguientes, pasé la noche de San Juan con ella, en la puerta de las ruinas de la iglesia de San Agustín, esperando al abuelo. Antes de morirse le prometí que durante un tiempo prudencial acudiría a la cita en su lugar.


            En el solsticio de 1978, unos meses después de la amnistía, estaba yo sentada dentro del coche, a la entrada del templo, cuando vi acercarse a un anciano. Con el bastón como brújula desimantada señalaba los edificios derruidos tratando de orientarse. Un calambre recorrió mi cuerpo y me espadañó el vello. Bajé del coche, me dirigí hacia él. Al verme, tiró la garrota y empezó a gritar «¡Pilar, Pilar!». Corrió y se abrazó a mí. Me balbucía que no había cambiado nada, que seguía igual que entonces. Yo lloraba tanto que no podía hablar y sacarlo del equívoco.
            Lo llevé a mi casa. Cada vez que le aseguraba que era su nieta, me sonreía, me besaba en la frente y me acariciaba la base del cuello, «Esos lunares, Pilar, esos lunares que tantas veces he soñado».
            Una noche de finales de julio me llamó desde su habitación, «¡Pilar, Pilar, tengo mucho frío!». Cerré las ventanas, lo arropé con la manta de la abuela, me tendí a su lado y lo abracé. Se durmió.
            Debió de ser muy hermoso pasar el último mes de su vida viviendo con la imagen perenne de la persona que amó, el mismo rostro que había llevado en una fotografía en blanco y negro durante cuarenta años.
            Las del 78 fueron las mejores vacaciones de «Pilar», del abuelo y mías.

***
Este relato ha sido seleccionado, junto con otros 54, para ser incluido en el libro que La Esfera Cultural editará con el título «¿Vacaciones?, si yo te contara...»

viernes, 1 de marzo de 2013

El milagro del Padre Amador, en «London [ai]»




            «—Perdón, ¿es usted virgen? —pregunté a una joven muy guapa, con la cara blanquita y sembrada de simpáticos lunares, que hacía cola para subir a la noria.
            Me respondió "Excuse me?", que es como en mi pueblo decir: ¿mande? Llevaba más de dos horas en la explanada de acceso buscando una mujer virgen, pero no me entendían o querían entender. Me lo merecía, por chuleta, por presumir ante los paisanos de mi dominio del inglés de cuando hice la mili en la base aérea de Torrejón, junto a los americanos.
            Todo esto por culpa de las vacas y de Amador, el joven cura...»
***
            Hasta aquí puedo leer. Si quieres saber qué milagro pasó y el motivo por el cual un hombre de los Montes de Toledo tiene que viajar a las inglaterras en busca de una virgen, tendrás que pagarte un par de cañas de cerveza.
            Este cuento está incluido en un libro que hemos sacado los alumnos del escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel, que lo prologa. Tres años con él en Talleres Fuentetaja y como proyecto final diez relatos con un escenario común, el «London Eye».
            Se puede adquirir en edición digital, al menos por el momento, AQUÍ.


            Los beneficios obtenidos por las compras no van a ninguna cuenta en Suiza, los hemos donado a la ONG Habitáfrica.
***
            Como pasado mañana entro en la tercera edad, aquellos de vosotros que esté en desempleo y no haya votado al PP, me lo decís y os envío una descarga que haré yo. Lo dicho, un par de cañas. 

viernes, 14 de septiembre de 2012

La cadena en "Cuentos para el andén"


Esta mañana, al levantarme, no me he visto en la cama y me ha extrañado. He ido al cuarto de baño, suponiendo encontrarme allí, pero tampoco estaba. Asustado he despertado a mi mujer y se lo he dicho:
— Cariño, que me he levantado y no me encuentro.
— Eres tonto, para esa idiotez me despiertas...
Me he vestido rápidamente, y sin afeitarme, pues nunca supe hacerlo sin verme, bajé al garaje. Faltaba el coche rojo de mi mujer, por lo que supuse que me lo habría llevado yo. Cogí el mío azul y me fui a trabajar.
Al llegar a la empresa vi que mi plaza de garaje estaba vacía, y me sorprendió que yo ya no hubiera llegado. Subí a mi despacho, esperando encontrarme allí, pero no estaba.
Cuando vino mi secretaria le pregunté:
— Nuria, por favor, ¿me has visto llegar esta mañana?
— No...Vengo de por un café.
— Bueno, pues si me ves dímelo, y hazte a la idea de que no he venido hasta entonces —y me encerré en el despacho, preocupado por lo que me hubiera pasado.
Despaché los asuntos más urgentes pues no quería que cuando llegara tuviera el trabajo retrasado. Siempre me ocurre lo mismo, y es que cuando me concentro me olvido de lo demás, y así llegó la hora de comer. Me pasó a buscar el jefe y me dijo:
— No te he visto esta mañana desayunando...
— Ni yo mismo me he encontrado, ni desayunando ni en ningún otro sitio, tengo un lío impresionante... así que he aprovechado mi ausencia para poner todo al día.
No tenía yo el cuerpo para comer, de modo que me disculpé y le pregunté a Nuria si había tenido llamadas.
— Si, pero... me has dicho que como si no hubieras venido...ten, estos son los avisos.
Revisé rápidamente las notas, que si se aplazaba la reunión del lunes, que si habían traído el coche de mi mujer del taller, que si los componentes estarían para mañana y demás, pero el aviso que buscaba no estaba y me sorprendió, pues siempre que voy a llegar tarde llamo por teléfono. Me empecé a preocupar por lo que me hubiera pasado, pero seguro que me encontraba, pues no soy de los que se pierden por ahí.
Bajé al garaje, y me alegré de ver allí el coche rojo de mi mujer, señal de que andaba por allí. Subí rápidamente a la oficina y por más que me busqué no me encontré.
Me fui a casa preocupado, pero pensando que como siempre había en la fábrica algo urgente de solucionar, pues que en ello andaba.
Al llegar al hogar me sorprendí de que no hubiera vuelto. Pregunté a mi mujer:
— Hola cariño, ¿me has visto?
— Ni te quiero ver —me contestó—, mira que despertarme esta mañana en lo mejor del sueño para una patochada.
Miré por toda la casa y no me encontré hasta que abrí el cuarto de baño de los niños, y me dio una gran alegría verme sentado en la taza leyendo mi novela favorita.
— ¡Pero soy tonto!—me insulté—. Todo el día buscándome y me encuentro aquí sentado... ¿Se puede saber qué hago ahí? ¿No he pensado en ir a trabajar o qué? ¿Y no he pensado en mí? ¿Me puedo imaginar lo mal que lo he pasado? —Vamos que me eché una bronca de muy señor mío, mientras me observaba allí sentado.
— Verás —me respondí desde la taza—. Recuerdo que mamá dijo que no me levantara sin tirar antes de la cadena, y aquí estoy sentado desde anoche que me fui a acostar sin hacerlo. Y el que tenía que estar enfadado soy yo, que llevó veinte horas esperándome.
— No si al final voy a tener yo la culpa —me dije.

***
Relato incluido en el número nueve de "Cuentos para el andén". Podeís descargar la revista en pdf pinchando aquí.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Junta extraordinaria. Finalista


El jurado de La Esfera Cultural para la convocatoria "Historias de portería" ha determinado que Junta Extraordinaria sea finalista. Si queréis leer el ganador y el resto de finalistas pinchad aquí.
Os dejo a continuación la grabación de La Voz Silenciosa y el relato, pues me hace ilusión que aparezca en el blog.









Todos los niños, menos uno, están en la calle. Echan una carrera de chapas. Hoy no juegan con el balón, por ello, la puerta del edificio no hace de la habitual portería del campo de fútbol callejero. En el tercer piso, desde el balcón que tiene ropa tendida, un chico observa a los chavales. Sale una mujer, da un pescozón al muchacho que se mete en la vivienda. La señora mira hacia abajo justo cuando llega un furgón funerario. Se santigua, retira del tendedero una camiseta de fútbol con el número nueve y desaparece.

Abajo, los niños han dejado de jugar y atisban, arremolinados, a dos empleados que, junto con el portero de la finca, descargan un féretro. Lo introducen en el interior. No cabe en el ascensor. Intentan subirlo por la escalera pero no toma la curva del descansillo. Los vecinos van apareciendo. Hablan. Los empleados funerarios colocan unos caballetes en el estrecho portal, la caja encima y se marchan.

Se abre la puerta del ascensor y aparecen dos hombres de pie, abrazados. Uno es el portero, el otro tiene aspecto cadavérico, con la cara amarilla, en la que el barniz no ha conseguido maquillar un hematoma redondo de unos veinte centímetros que ocupa medio rostro. Varios vecinos, como ven que no pone nada de su parte, ayudan a sacarlo y lo meten en el ataúd.

El portal se llena de sillas y mujeres. El portero sale a la calle y manda a los muchachos que se alejen. Obedecen, se van con sus chapas a la acera de enfrente. Hace aparición una mujer enlutada que llora, grita y besa al muerto. El zaguán no anda sobrado de espacio. Colocan una silla de formica en el ascensor y la viuda se sienta dentro.

Los que pasan por delante del edificio ven el cadáver expuesto en el féretro, como si echara un último vistazo a la vida. A la derecha, una fila de mujeres sentadas que hablan de las cosas de los vivos. Al fondo, el ascensor con la puerta abierta y la viuda como en una hornacina. A la izquierda, un liviano pasillo por donde transitan, a empellones, quienes quieren acceder a su piso o a condoler a la familia.

A las diez de la noche llega una joven vestida con traje de servir, lleva un soldado colgado del brazo. Se santiguan, dan el pésame a la viuda y se ocultan en el rincón oscuro bajo la escalera. Al rato, los gozos se confunden con los sollozos.

La viuda vela sin moverse de la silla. Alguien llama al ascensor y la mujer desaparece pero no tarda en descender. Le acompaña el portero que lleva una escalera de mano y un letrero. Le hacen hueco. Alguien susurra que es la última voluntad del muerto. El hombre coloca la escalerilla por encima del féretro y cuelga en la pared un cartel que dice «Se prohíbe jugar a la pelota».

La viuda, en el ascensor, se enjuga una lágrima perezosa.

domingo, 19 de agosto de 2012

Junta Extraordinaria



Si queréis leer el relato corto con el que acudo a la convocatoria de La Esfera Cultural sobre Historias de portería, pinchad aquí.

Si prefieres que te lo narre José Francisco Díaz-Salado, La Voz Silenciosa de La esfera Cultural, da al play:








miércoles, 1 de febrero de 2012

Natividad


(Ilustración de Laura Hernández Fernández para este relato)




—¿Quién se ha comido al niño Jesús! —preguntó la madre con cara desencajada.

Su voz retumbó en las paredes de chapa. El silencio se mostró herrumbroso. El padre miró al hijo que le devolvió una mirada hambrienta. La pequeña agachó la cabeza al percibir que los tres volvían el rostro hacia ella, quiso ocultar sus ojos delatores bajo la mesa de formica pero no llegó a tiempo. Una rata se rascó los bigotes en el rincón.

—¡Oh, Dios! —gritó la madre y se santiguó—. ¡Ahora nos privará de todo!

El hijo imaginó la habitación sin las dos camas, sin la mesa y las cuatro sillas, sin la cocinilla en el rincón ni el belén sobre la vieja maleta. Vio barro.

—Doña Margarita ha dicho que esta noche nacería otra vez el niño Jesús —dijo la niña con voz lluviosa—. Por eso pensé que... —y arrancó a llorar.

—¡A la cama sin cenar! —dictaminó la madre.

El niño tosió para espantar el frío.

El padre cogió los tres camellos, dio uno a la madre, otro al hijo y se quedó con el de Baltasar, que le faltaba la cabeza. Todos salivaron y chuparon las figuritas de mazapán del año pasado.

—La mula y el buey son para comer mañana, así que ya lo sabéis —advirtió la madre.

Diez minutos después, una estrella muy brillante perfila la silueta del padre en lo alto del estercolero. Allí arroja los huesecillos cartilaginosos del bebé.

Narración: La Voz Silenciosa
Relato ganador de la II Convocatoria de relatos de Navidad “La otra Navidad”, realizado por La Esfera Cultural.
Formará parte de la edición de un libro, junto a una selección de treinta relatos más, que tendrá la siguiente portada realizada por Manolo López, ganador a su vez del certamen organizado por Una idea, Mucho arte.


domingo, 25 de diciembre de 2011

Despedida bloguera


Hasta pronto chic@s:
Escribo esta entrada para informaros de que he recibido una oferta que no he podido rechazar, aunque me va a mantener apartado de la escritura por un largo tiempo. Los que me conocéis sabéis que llevo tres años en desempleo. Los ahorros «para cuando sea viejo» ya han dado de sí todo lo posible. Ha sido un salvavidas esto de la escritura, una huida de los problemas diarios pero por fin ya se ha terminado esta etapa de mi descarrera profesional. Soy de ciencias, por lo tanto os ruego que me perdonéis esta intromisión en las letras. Os agradezco los buenos ratos que he pasado leyendo vuestros blogs, así como el ánimo recibido a mis tontunas. Me ha llegado muy oportunamente la oferta definitiva: un puesto fijo y estable aquí, en la sección 6, calle 6, nicho 66 (los números no los he elegido yo) del Cementerio de la Almudena.
Nos vemos pronto, traed lo último escrito y lo comentamos.

He pedido a Malatilde, mi mujer, que ponga esta placa en la lápida:



Ahí en chiquitito dice:
"He aquí mi última entrada: Quise ser escritor, pero al final no pude evitar los lugares comunes, como este, que huele a tierra mojada".

Y en letras más pequeñas aún: "Fabrica de Lápidas Manuespada y Jesús Esnaola" a quienes dedico esta entrada, pues de algún modo han actuado de enterradores.

jueves, 15 de septiembre de 2011

10 Comentarios



L.P. dijo...
¡Ay, chiquillo! Qué buenos recuerdos me traes. La hora de la siesta. La infancia, la inocencia. Si es que con ese inicio creas un escenario tan visual: "En el cuarto de la siesta los niños juegan con el único rayo de sol que la persiana deja pasar." ¡Qué hermoso!

Elysa dijo...
Javier, a mí también me has traído recuerdos de mis padres acostados y mi hermano y yo hablando bajito sobre las trastadas que haríamos esa tarde. Mira si estoy influenciada por mi becaria asesina, que cuando dices "Los dedos de las manos translucen el rojo de la sangre", por eso de que si aparece sangre hay muertos, pensé que el micro iba a ser de terror.

Anónimo dijo...
Verás tío, andaba yo buscando cosas de sexo y eso, y al poner "polvos" pues que va y me sale tu rollito este. Puestos ya, lo he leído y efectivamente, la frase "Las motas de polvo revolotean" la ha tenido que pillar el motor de Google. Desde Córdoba con calentura.


Una que yo me sé dijo...
Me alegro Javier de que hayas dejado a un lado a Benicia y Justino, abuelotes que creo tienen mucho que decir, y te veamos con relatos donde aparecen niños. A mí, tus protagonistas Paloma y Jorge me han recordado a Valentina y José en la película Crónica del alba, de Antonio José Betancor, basada en novela de Ramón J. Sender. Me ha parecido muy tierno.


Mónica dijo...
Sabés, me sorprendiste con el giro del agua en los desagües allá en nuestro paseo por el Buen Retiro, y ahora me gusta mucho que sea Paloma —qué nombre tan espiritual—, la niña, con el rayo en la palma de la mano la que diga que la luz del sol tarda ocho minutos en llegar a la Tierra. Eso es bueno, pues eliminas el tinte machista de la ciencia para los hombres. Muchos besos para Saly.


Pedro Sánchez Negreira dijo...
Querer comentar sin poder leer es como querer __________ sin poder comer.

Zaraceno dijo...
Pues a mi la iniciativa del niño de poner la mano por debajo de la de ella y preguntarle a la niña el motivo por el cual el rayo hace ese viaje creo que es el giro perfecto del relato, a partir de ahí los protagonistas sufren el cambio.


Pedro dijo...
Me ha gustado la dulzura de los niños. La frase de cierre en el que las motas de polvo flotan alocadas mientras los niños se besan me ha hecho pensar en mis gigantes, celosos, soplando un diente de león.


Baldurph dijo...
Papá, esta noche no me esperes levantado. ¿Cuándo me vas a subir la paga?


Ximens dijo...
Aunque nunca os contesto por escrito a vuestros comentarios, todos sabéis que os lo agradezco de corazón, y más en este caso que sin ellos no se comprendería el relato. Saber que me leéis me motiva a seguir escribiendo. Muchas gracias.



martes, 12 de julio de 2011

Ni un te quiero



Cómo pasa el tiempo. Cuatro años desde que te fuiste y me dejaste sola... Ya..., ya sé..., pero ellos tienen sus problemas, son otros tiempos, tanto trabajar para gastar y gastar y presumir. Dicen que el luto lo llevan en el interior, pero solo les veo divertirse. Debe estar muy dentro, pues ni por Los Santos han venido a verte. «Madre, nos vamos a Benicassim, a pasar el puente...», y aquí me veía yo sola, limpiando la sepultura para nada..., bueno sí, para ti y la zorra de tu hermana... ¡Bueno, ya sé!... Pero cuando vino no fue más que para traer unas flores de plástico, compradas en los chinos, que es roñosa hasta para eso... ¡Sí, me callo!... !No, eso no!, lo tumbó el viento cuando lo aparté para limpiar la lápida, se cayó, y se rompió porque también era barato... ¡Vale!, pero de algo tendré que hablar.
¿Sabes?, aquí al lado están enterrados los vecinos del panadero, sí, aquellos tan presumidos... sí, se mataron en un accidente con «mira...mi 4x4». ¡Pues no me callo! Ahora puedo decir lo que pienso, y mentarte lo que siempre callé. ¿Sabes el único reproche que te hago?... Pues que nunca te declaraste... Nunca, nunca... No querido, eso se lo dijiste al cura no a mí... Cuando yo te preguntaba me decías «sí», «que sí», «mucho», «también», ni un solo «te quiero»... ¿Cómo?... Perdona, pero fue tu padre el que se declaró al mío: «Juan, que veo a los muchachos muy encaprichaos, y antes que se engorronen es mejor apañarlos». «Sea, pero solo les doy la mula... ».
Sí..., es cierto..., nunca me lo dijiste pero me lo demostraste muchísimas veces... Qué sé yo lo que es mejor, nunca entendí de adivinanzas...
Esta raja mete el agua dentro, seguro... Mira que le dije al muchacho que viniera con la silicona, pero como sí nada... ¿El cristo?, pues de madera, el de cobre lo robaron... Si por ellos te meten en un nicho, pero me negué, quiero estar aquí contigo, pues fuiste un buen hombre... ¿Para siempre...?... Sí, apañado vas tú si te crees que te voy a dar otra mula..., y... ¡anda!, ¡échate para un lado!, que me estas clavando las costillas en la espalda.