domingo, 28 de septiembre de 2014

El pescador de lágrimas, finalista en Wonderland





             En Ibiza, enganchada entre sus redes, un pescador ha recuperado un ánfora fenicia llena de lágrimas. Lo supo por el aroma de llanto. Son de las mujeres de los pescadores que el mar se quedó. Una de ellas, la más cristalina, le ha reflejado el rostro de su padre y ha emitido la fragancia de su madre.
            Después de abismar la vasija en el mar y empujado por brisas de gaviotas, ha remado rápido a puerto con deseos de abrazar a su mujer y decirle a su madre que ya no hace falta que vuelva a llorar en el acantilado.

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 Esta versión en cien palabras del microrrelato «El pescador de lágrimas» ha quedado finalista semanal del concurso Wonderland de RNE 4, del día 27 de septiembre de 2014.

viernes, 19 de septiembre de 2014

La guerra ideal



A mi hijo David

            Las figuras del ajedrez, en perfecta ordenación, son ejércitos dispuestos a matarse por defender a su rey. Cuánto más me gustan amontonadas en la caja, las fichas mezcladas, ya sean blancas o negras, al margen del rango y sexo, tumbadas unas sobre otras, en una hermosa orgía bicolor. Ojalá así fueran las guerras de verdad: una reina bajo un peón, el rey besando al alfil, dos torres de la mano sin que nadie las mire mal, y un final en tablas, sin vencedores ni vencidos.

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Con este microrrelato he participado en la propuesta del mes de septiembre (...tras la batalla) del concurso «Esta noche te cuento». Pinchad AQUÍ si queréis leer el relato y los comentarios recibidos en el blog de los organizadores.

domingo, 31 de agosto de 2014

Hematófago


            Siempre me han gustado los murciélagos. En la troje de la casa de mis abuelos en el pueblo habitaban media docena. Creo que por su culpa y mi depravación me aficioné al tabaco. En la hora de la siesta echábamos nuestros pitillos y charlaba con ellos. Al principio no me contestaban, pero en contra de su fama son bastante agradables. Adquirí sus costumbres, me gustaba subirme a un árbol y observar el mundo colgado del revés. Este hábito no lo he perdido, algunas noches desengancho la bicicleta del techo de la terraza y me cuelgo bocabajo. Veo el cielo a mis pies y la calle sobre mi cabeza. Las luces de las farolas parecen estrellas, y estas charquitos.
            Cuando hay luna llena echo en falta la capacidad de volar para acompañarlos en sus cacerías, por eso no tengo más remedio que caminar hasta el parque y buscar la víctima.

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Con este microrrelato he participado en la propuesta del mes de agosto («...bajo la luna llena) del concurso «Esta noche te cuento». Pinchad AQUÍ si queréis leer el relato y los comentarios recibidos en el blog de los organizadores.

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Este microrrelato fue finalista en el Concurso 3x200 que Cuentos para el Andén organizó con motivo de La noche de los libros, Madrid 2014.

jueves, 21 de agosto de 2014

La pluma (wieczne pióro)

(A mi padre y mi hija)

            Cuando regresé del viaje de novios tenía trabajo pendiente, mi editor estaba de los nervios, con la boda había retrasado la entrega del último cuento necesario para publicar el tercer libro de relatos. Sara también debía finalizar unos diseños. Decidí irme a la casa del pueblo. No era extraño escaparme a mediados de semana y, en aquel ambiente de mi niñez, tirar de las alforjas de la memoria para crear cuentos o columnas.
            Estaba avanzado el otoño, amenazaba tormenta, por eso preferí escribir en el despacho que había sido de mi padre, rodeado de libros y objetos de mis antepasados. Hasta la gran emigración de los años sesenta fue la casa del maestro. Luego siguió siéndolo, pero ya era un pueblo sin maestro ni escuela ni niños.
            El despacho era —y es— amplio, con una gran estantería llena de libros en una pared. En otra: cuadros, fotografías, títulos que ascendían la colina de la familia hasta el siglo XVIII y que se calentaban junto a la chimenea. Al fondo, delante de una gran cristalera abierta al patio, la mesa de madera en la cual mi padre escribía sus versos y novelas. En ella colocaba yo el ordenador y tecleaba mis historias que eran verdaderas aunque no hubieran ocurrido.
            Recuperé el documento donde había iniciado el relato sobre un escritor —yo—, al cual le acaban de comunicar que iba a ser padre primerizo de una niña —más yo—, y empieza a imaginarse un futuro para esa hija: cómo le instruiría en la labranza de lo literario, el sembrado de las palabras, el riego de la poesía y al final le pasaría las cosechas de autor bajo la promesa de cuidarle en su último capítulo. No voy a desvelar más para no nublar la posible lectura.
            Aquí, en los montes, son frecuentes las tormentas. No nos asustan pero las respetamos, pues sabemos casos de incendios, muertos por la chispa, árboles y rocas partidas. A media tarde, cuando los primeros truenos empezaron a sonar, salvé el documento y apagué el ordenador. Decidí seguir escribiendo en folios de impresora que ya transcribiría después. Continué el relato con el bolígrafo que siempre llevo junto a la libreta de notas, pero al poco se agotó la tinta. Enredando en los cajones encontré la pluma estilográfica negra que le habíamos regalado a mi padre cuando se jubiló. Estaba seca, pero hallé cartuchos llenos. Fue trazar las primeras líneas y recordarle, sentirme él. Las frases que me salían parecían sacadas de su prosa, de sus versos. Lo recuerdo porque escribir sobre asuntos del pueblo me cuesta trabajo. Pero con la pluma de mi padre aquello era más fácil. Quizás fueran sentimientos que se le quedaron en el tintero, o el cálamo, como lo llamaba él. Estando en estas transmutaciones literarias el cielo se encendió y un trueno hizo quejarse a todas las maderas. Dejé la estilográfica en el escritorio y salí a la puerta de la calle a ver la tormenta: llovía intensamente y los cantos rodados del suelo de la calzada, cubiertos por una gasa de agua, lucían multicolores. De pronto otro rayo partió el cielo y fue sujetado por la torre del ayuntamiento. El estruendo ensordeció mis oídos, me congeló el corazón. Cerré la puerta y volví adentro.
            Cuando entré en el despacho mi padre estaba sentado en el escritorio mirando su manuscrito, con la pluma en la mano. Se volvió y me dijo:
            —¡Ah!, eres tú, menuda la que está cayendo —Y, ajustándose las lentes, prosiguió.
            No me resultó extraño encontrarle tratando de escribir en los folios, sabía que en algún momento iba a ocurrir. Justo antes de morir —hacía una década—, me pidió que le terminara de pasar a limpio las cuartillas donde narraba la numantina defensa de su vida, la de sus padres y hermanas, en su casa —esta—, siendo un joven de apenas dieciséis años, cercados durante cincuenta y cinco días por turbas asesinas. No pude.
            —Lo intenté, papá —le dije, justificándome.
            —Lo sé —me respondió—, pero no descansaré hasta...
            Me tendió la pluma. La cogí. Se levantó y, acercándose a la chimenea apagada, dijo que hacía frío.
            Me senté, leí sus últimas frases, aquellas palabras que me paralizaban cada vez que quise proseguirlas: «A media noche oí unos pasos en la escalera que retumbaban como si fueran las botas de alguna persona. Oí el “miau” del gato y eso me tranquilizó,».
            La última frase estaba escrita de tal modo que parecía que a la pluma se le extinguiera la tinta: un trazo de cordel transformándose en hilo y terminando en una coma deshilachada. Así fue. Se le iba la tinta de la vida, murió un día después. Tras esa coma estaban su sufrimiento y mi existencia, esa fue la causa por la cual nunca pude acabarlo.
            El patio se iluminó con otro estruendo. Sentí frío. Me volví para decirle que aún no estaba preparado.
            —¡Ah!, hija, eres tú, menuda la que está cayendo —dije, tras lo cual me ajusté las gafas y continué intentando transcribir la frase siguiente a aquella coma paralizante.

            —Papá, déjame que prosiga yo... —me dijo, cogiéndome la pluma de su abuelo con la mano—. Así podéis descansar en paz los dos.

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Relato incluido en el nº 27 de la revista «¿Español? Sí, gracias», publicada en Polonia por la Editorial Colorful Media para aprender español de los Montes de Toledo. Va acompañado de un amplio vocabulario en polaco.

Pinchad en las fotos para ver el original y aprender algo de polaco.


miércoles, 30 de julio de 2014

La prospección del Oeste

American Progress 1872, de John Gant.


            Desde lo alto de la colina, una chistera contempla el duelo que se desarrolla en la llanura. Una pluma avanza para batallar contra un sombrero. Ambos galopan en sentidos contrarios. Una flecha, en el carcaj, y un arco defienden a la pluma; una bala, en el rifle, arma al sombrero. La chistera enciende un cigarro puro. Unos mocasines golpean unos ijares, unas botas con espuelas de estrella, los otros. La pluma tensa el arco; el sombrero apunta con el rifle. La chistera se limpia el sudor. La flecha y la bala rajan el aire, se cruzan, se ignoran. El plomo desgarra la carne rojiza; la madera penetra en la guerrera azul. La pluma y el sombrero caen sobre la arena del desierto. Mana la sangre. Brota el petróleo. La chistera sonríe.

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Con este microrrelato participo en la convocatoria organizada por David Moreno (No Comments) cuyo premio es un ejemplar de su libro de microrrelatos «microSeñales de Humo» 
Si queréis leer mi micro en el blog del organizador, pinchad AQUÍ 
Si queréis leer los otros micros que sobre "nativos americanos" se han presentado, descargaros el PDF, pinchando AQUÍ


miércoles, 9 de julio de 2014

Anamnesis

(Posada de la Sangre - Toledo 1930)

            A mi abuelo lo habían matado en la guerra. Mi padre, que entonces tenía nueve años, nunca me habló de ello. Siempre que pasábamos por las ruinas del Parador de San Prudencio me hacía detener el coche. Con la cabeza gacha apoyaba la mano en el muro. Luego, con lágrimas en los ojos, miraba el valle del Tiétar.

            La otra noche regresábamos de Talavera en la furgoneta, al tomar la curva que enfila la posada me deslumbraron unos focos y fuimos a estrellarnos al portalón. Aturdidos nos bajamos, metimos el carro en el patio y desenganchamos las mulas. No advertí nada extraordinario. El posadero le llamó «¡Benito!», como a mi abuelo, y a mí «zagal», y me dijo que diera de beber a las caballerías. Me dejaron solo. Al poco, llegó un camión lleno de hombres armados. Lo vi todo, a culatazos sacaron a mi padre, a otros arrieros, al ventero y a su mujer. Les dispararon en la cabeza. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

            Al rato sentí que me hablaban, oí entre sueños la sirena de una ambulancia. Cuando me recuperé estaba aquí, en el hospital. Más tarde me dijeron lo del accidente y que él había muerto. ¿Entiende?
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(Parador de San Prudencio N-502)

Con este microrrelato participo en la propuesta del mes de abril («...en un hotel de carretera) del concurso «Esta noche te cuento». 
           
Pinchad AQUÍ si queréis leer el relato y los comentarios recibidos en el blog de los organizadores.

jueves, 26 de junio de 2014

Sarmiento quebrado



              Como un vástago arrancado de la cepa me sentí cuando tuve que abandonar mi tronco, mis surcos, el olor a tierra regada, el sabor del tocino, el vino seco de la bota y a mi gente para ir a la guerra.
            Mi madre: aroma de heno, silencios amorosos, aljibe de consuelos, troje de recuerdos, tacto rugoso de su lana. Su toquilla.
            Mi María: aquel beso en los caños, como brisa del atardecer, suave y tímido, pluma acariciando mis labios; su cuerpo en la era, la cabeza sobre la albarda; el brillo de sus ojos, el cielo en la tierra. Su chal.
            Mi Carmencita: queso ahumado con jaras, sabor a pan recién horneado, risas de jilgueros en flor, simiente de esperanzas; acariciar su piel, pasar la mano por la mies. Su mantilla.
            La matanza. Cuerpos socarrados abiertos en canal. Barrigas hinchadas. Carne chamuscada. Tripas serpenteantes. Moscas a la sangre coagulada. Chicharras con gritos de espanto. Miradas acres de árboles calcinados. Hedor de cadáveres sazonados con pólvora. Matarifes en retaguardia.
            En el rastrojo, entre espigas humanas segadas y con el cielo azul por mortaja, veo tres estrellas de luto: decidles que no me esperen para la vendimia.
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