Justino
guarda dentro de la alacena tres libros que dejó olvidados la maestrita que se
hospedó en su casa, allá por los sesenta, antes de emigrar él a la capital a mover
ladrillos: Don Quijote de La Mancha, La
Sagrada Biblia y Ulises de Joyce. En alguno de los ratos que «ociosea», que
son frecuentes desde la jubilación y su regreso al pueblo, se da a la lectura.
Con el dedo cementado recorre los lomos, de izquierda a derecha y de derecha a
izquierda, leyendo los títulos, para terminar habitualmente asiendo El Quijote. Piensa que de los tres es el
único que muestra con claridad cómo de loco acaba el que lee siempre de lo
mismo.
Uno
de esos días de agosto en los que leía bajo la parra le dijo a su no menos
anciana mujer:
—Mira
lo que pone aquí: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal
manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura».
—¿Y
eso quién lo dice? —preguntó Benicia que, sentada en la silla de esparto y con
las manos ajadas de fregar suelos, desgranaba guisantes para la cena.
—Pues
no me queda muy claro si fue un tal Feliciano de Silva, el propio Don Quijote o
el autor Don Miguel de Cervantes —respondió Justino sin dejar de ojear lo
leído.
—¡Hombres!
Siempre pensando en lo mismo —sentenció Benicia y se llevó un grano esmeralda a
la boca.